Ya me acostumbré al humo de cigarro. Quizás ya no le tengo miedo a la represalia que me daría Felipe Cerda si me hubiese visto fumando en el parque Tajamar muerta de frío.
Nunca imaginé mi teclado lleno de cenizas de cigarro, ni menos colillas tiradas por todas partes, pero ahí estaban, desmoronándose por entremedio de las teclas que esa noche se consumieron como nunca antes.
Es extraño describir el estilo bauhaus que nos rodeaba cuando el sol decide esconderse tras un cerro del cual no tengo idea su nombre y los conductores deben prender las luces de sus autos por miedo a una infracción de los atareados carabineros santiaguinos (si no existieran esas leyes muchos no las prenderían).
No dudaron en avergonzarse por haber sido invitados (la gente suele no saber que pedir cuando los invitan, es como una ley de no sobrepasar el precio de lo que pidió el que invita) y que más da, algo tan normal que me lo tuve que bancar como cualquier otro que trabaja para salir con los amigos a disfrutar un rato (y eso no es malgastar el dinero). Mientras tomábamos nuestro café (o capuccino) miraba el cuadro que se encontraba frente a mi de forma diagonal; ahí nos pusimos ha hablar de cuadros y pinturas (parecíamos cultos de películas, de esos que odia el Javier), y claro, no faltó el artista nombrado y no conocido. Mientras hablaba, no me acuerdo que, miré a la señorita que estaba cerca de nuestra mesita de té. La sorprendí tomando bebida de una botella de dos litros (cosa indebida en un lugar bonito como en el que estábamos) y no pude evitar reírme, claro, interrumpí la conversación inesperadamente, pero es que era necesario, si nosotros eramos los puentealtinos po y ellas las niñas cuicas... Bueno en fin. La cosa es que hoy es Jueves, nada que ver con el Lunes (día en que paso todo aquello), y estoy acá sentada, recién salida de la ducha, dispuesta a ponerme a pegar mi poster de los bunkers que saque en Bilbao. También me falta contarle a mi mamá que hoy celebraré mi cumpleaños (estoy acostumbrada a decirlo a última hora, así que no me preocupa) y como no, el del mi amigo Javier.
Las tardes de invierno son como lo que no sabría describir.
La gente urbana pasea en las calles de Santiago a horas en que una chica como yo estaría en su casa escribiendo quizás cosas como estas, mas, no fue así.
El café se consumía rápido y el humo de cigarro sobrevolaba el ambiente bauhaus que nunca creí conocer. El Azocar me habla y propone. Acepto.
Estoy algo aturdida, mi cabeza no sabe que hora es, pero no desea imaginar que son las cuatro y que esta atrasada. Levanta la cabeza y mira a su alrededor buscando algún objeto que le muestre las agujas con las que podrá saber que tan rápido tendrá que colocarse esta vez sus converses (es algo habitual).
Salgo de mi casa con la incertidumbre necesaria de la llegada ¿por qué será eso? si hablé antes y me dijo ¡si!... La gratuidad la lleva.
Luego de un despertino shock post-pesadilla, atiné a levantarme y mirar el maldito reloj. Sí, ese maldito objeto que hace clausurar citas y terminar conversaciones aguerridas. El punto es que marcaba las cuatro y en unos minutos más tendría que juntarme con
Si tratas de abrir los ojos a una hora prudente, pues nunca lo consigo; la verdad es que después de pasar largo momento en cama pensando que "debes hacer todo" por una tarde más activa, realmente te dan ganas de mandar todo a la mierda, ya no queda nada más que correr las frazadas que te cubren y hacer lo que se debe hacer en el momento. Ciertamente a la misma hora, todos los días desde que mi vida cambió demasiado es que suena el teléfono de una manera tan monótona que... bueno, eso da lo mismo. Luego de haber pasado muchos momentos como si fuera flashback, el teléfono sonó tan inesperadamente que se dio la situación de contestar con un sonidito pajero que salía de una forma tan mecánica de mi boca, que el sujeto detrás de la línea telefónica supo de inmediato que era...simplemente yo. "Mujer, te iré a ver", algo así fue, pero lo raro de todo es que en mi boca la sonrisa aparecía, fue chistoso. A ratos apareció el sujeto tan lejano, pero que tan extrañamente me conoce como a nadie. Haciéndome esperar, salimos en busca de entretención, la cosa es que esta aparecía gratis, tan gratis que me vine sin pagar nada de Santiago a la madriguera de ron.
No sé por que pero la duda siempre está en que ellos no pregunten lo que yo quiero hacer. Siempre que proponen dudo; son simples las razones. Mi padre esta vez me miraba y mi madre lo observaba a él intentando buscar una respuesta a mi pregunta que en si no es pregunta si no sólo una afirmación.
¿Cuántas veces he dejada plantada a gente por culpa de esa maldita situación imaginativa? quebrar el destino es lo interesante de esta tarde. No
No lo imaginé jamás; la mirada de dos locos desquiciados estaban ahí tras la reja mirándome con una cara de "YOU BABY ARE FREEEEE!!!!!". Pensé durante un pequeño instante que hacer, claro, no dudé en decir "cabros voy a salir" pero sabía que eso era inútil, así que propuse enseguida que me siguieran en mi paseo de día lunes con pinta de sábado.
Creo que no desaproveche el tiempo, desde las cuatro a las cuatro y media logré vestirme , alisarme el pelo ,almorzar, arreglar el computador de mi de mi vecino el pelo y quizás dialogar con mi padre estresado y cansado del trabajo.
El tiempo es tan poco predecible, las horas son horas... pero estas nunca pasan con la misma velocidad.

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