y de perseguir lo poco perseguido me quede sin el perseguidor y me convertí en la perseguidora que nunca quise ser pero que siempre he sido, por que allá, en los hondos lejanos de esa alma inocua disfrutan con esas cosas de las que el correr se aburrió, y paró, y luego de parar miró hacia atrás y se dio cuenta de la estupidez y del vacío de la soledad que siempre está y que nadie ve. No basta con darse cuenta, aunque seguir corriendo para perseguir nada es mejor que perseguir a gente que no es nada y que ya llegaron a sus metas, tiempos de metro, que en diez minutos se olvidan como un par de años pasan en sólo dos, de una estación a otra.